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Показать все книги автора/авторов: Shua Ana MarГ­a
 

«Como una buena madre», Ana Shua

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Como una buena madre

A mi tГ­o Lucho, a cambio de Caperucita.

 

Tom gritГі. MamГЎ estaba en la cocina, amasando. Tom tenГ­a cuatro aГ±os, era sano y bastante grande para su edad. PodГ­a gritar muy fuerte durante mucho tiempo. MamГЎ siempre leГ­a libros acerca del cuidado y la educaciГіn de los niГ±os. En esos libros, y tambiГ©n en las novelas, las madres (las buenas madres, las que realmente quieren a sus hijos) eran capaces de adivinar las causas del llanto de un chico con sГіlo prestar atenciГіn a sus caracterГ­sticas.

Pero Tom gritaba y lloraba muy fuerte cuando estaba lastimado, cuando tenГ­a sueГ±o, cuando no encontraba la manga del saco, cuando su hermana Soledad lo golpeaba y cuando se le caГ­a una torre de cubos. Todos los gritos parecГ­an similares en volumen, en pasiГіn, en intensidad. SГіlo cuando se trataba de atacar al bebГ© Tom se volvГ­a asombrosamente silencioso, esperando el momento justo para saltar callado, felino, sobre su presa. El silencio era, entonces, mГЎs peligroso que los gritos: ese silencio en el que mamГЎ habГ­a encontrado una vez a Tom acostado sobre el bebГ©, presionando con su vientre la cara (la boca y la nariz) del bebГ© casi azul. Tom gritГі, gritГі, gritГі. MamГЎ sacГі las manos de la masa de la tarta, se enjuagГі con cuidado, con urgencia, bajo el chorro de la canilla y, secГЎndose todavГ­a con el repasador, corriГі por el pasillo hasta la pieza de los chicos. Tom estaba tirado en el suelo, gritando. Soledad le pateaba rГ­tmicamente la cabeza. Por suerte Soledad tenГ­a puestas las pantuflas con forma de conejo, peludas y suaves, y no los zapatos de ir a la escuela.

MamГЎ tomГі a Soledad de los brazos y la zamarreГі con fuerza, tratando de demostrarle, con calma y con firmeza, que le estaba dando el justo castigo por su comportamiento. Tratando de no demostrarle que tenГ­a ganas de vengarse, de hacerle daГ±o. Tratando de portarse como una buena madre, una madre que realmente quiere a sus hijos.

DespuГ©s levantГі a Tom y quiso acunarlo para que dejara de gritar, pero era demasiado pesado. Se sentГі con Г©l en el borde de la cama acariciГЎndole el pelo. Tom seguГ­a gritando. Era un hermoso milagro que no hubiera despertado al bebГ©. Cuando mamГЎ sacГі un caramelo del bolsillo del delantal, Tom dejГі de gritar, lo pelГі y se lo comiГі.

– Quiero más caramelos -dijo Tom.

– Yo también quiero caramelos -dijo Soledad-. Si le diste a Tom me tenes que dar a mí.

– No hay más caramelos. Vos, Solé, más bien que no te mereces ningún premio. Y a vos parece que no te dolía tanto que con un caramelo te callaste -como una buena madre, equitativa, dueña y divisora de la justicia. Pero una buena madre no consuela a sus hijos con caramelos, una madre que realmente quiere a sus hijos protege sus dientes y sus mentes.

– Queremos más caramelos -dijo Soledad.

Y ahora Tom estaba de su lado. Entre los dos trataron de atrapar a mamГЎ, que querГ­a volver a la cocina. Tom le abrazГі las piernas mientras Soledad le metГ­a la mano en el bolsillo del delantal. MamГЎ sacГі la mano de Soledad del bolsillo con cierta brusquedad. Calma. Firmeza. Autoridad. Amor.

– ¡No! Los bolsillos de mamá no se tocan.

– Tenes más, tenes más, sos una mentirosa, ¡nos engañaste! -gritaba Soledad.

– Mamá mala, mamá mentirosa, ¡mamá culo! -gritaba Tom.

– Empezaron los dibujitos animados -dijo mamá. Autoridad. Firmeza. Culo.

Tom y Soledad la soltaron y corrieron hacia el televisor. Soledad lo encendiГі. Levantaron el volumen hasta un nivel intolerable y se sentaron a medio metro de la pantalla. Una buena madre, una madre que realmente quiere a sus hijos, no lo hubiera permitido. MamГЎ pensГі que se iban a quedar ciegos y sordos y que se lo tenГ­an merecido. CerrГі la puerta de la cocina para defender sus tГ­mpanos y volviГі a la masa de tarta. Masa para pascualina La SalteГ±a es mГЎs fresca porque se vende mГЎs. Una buena madre, una madre que realmente quiere a sus hijos, ВїcomprarГ­a masa para pascualina La SalteГ±a?

AcomodГі la masa en la tartera, incorporГі el relleno, que ya tenГ­a preparado, cerrГі la tarta con un torpe repulgue y la puso en el horno. A travГ©s de la confusiГіn infernal de sonido que despedГ­a el televisor, se filtraba ahora el llanto del bebГ©. Como una respuesta automГЎtica de su cuerpo, empezГі a manar leche de su pecho izquierdo empapГЎndole el corpiГ±o y la parte delantera de la blusa. SonГі el timbre.

– ¡Un momento! -gritó mamá hacia la puerta.

Fue al cuarto de los chicos y volviГі con el bebГ© en brazos. AbriГі la puerta. Era el pedido de la verdulerГ­a. El repartidor era un hombre mayor, orgulloso de estar todavГ­a en condiciones de hacer un trabajo como Г©se, demasiado pesado para su edad. MamГЎ lo habГ­a visto alguna vez, en un corte de luz, subiendo las escaleras con el canasto al hombro, jadeante y jactancioso.

– Los chicos están demasiado cerca del televisor -dijo el hombre, pasando a la cocina.

– Tiene razón -dijo mamá. Ahora había un testigo, alguien más se había dado cuenta, sabía qué clase de madre era ella.

El olor a leche enloquecГ­a al bebГ©, que lloraba y picoteaba la blusa mojada como un pollito buscando granos. El viejo empezГі a sacar la fruta y la verdura de la canasta apilГЎndola sobre la mesada de la cocina. HacГ­a el trabajo lentamente, como para demostrar que no le correspondГ­a terminarlo sin ayuda. MamГЎ sacГі algunas naranjas, una por una, con la mano libre. El verdulero amarreteaba las bolsitas.


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