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«Cita De Amor», Amanda Quick

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PRГ“LOGO

La guerra habГ­a terminado. El hombre que tiempo atrГЎs era conocido como NГ©mesis permanecГ­a ante la ventana de la biblioteca escuchando el bullicio de la calle. Todo Londres celebraba la derrota final de NapoleГіn en Waterloo a la manera en que son capaces de hacerlo los londinenses. Fuegos de artificio, mГєsica y el clamor de miles de personas entusiastas colmaban la ciudad. La guerra habГ­a terminado, pero a juicio de NГ©mesis, no, al menos hasta el punto que a Г©l le habrГ­a gustado. TodavГ­a era un misterio la identidad del traidor que se hacГ­a llamar AraГ±a y mientras el misterio permaneciera irresoluto, no habrГ­a justicia para los que habГ­an muerto en sus manos.

NГ©mesis comprendiГі que era hora de recobrar el curso de su propia vida, sus deberes y responsabilidades, y en primera instancia encontrar una novia aceptable. AbordarГ­a la tarea tal como hacГ­a todo: con precisiГіn lГіgica y cabal. ElaborarГ­a una lista de candidatas y elegirГ­a una. SabГ­a con exactitud quГ© clase de esposa querГ­a, una mujer virtuosa a tenor de su nombre y tГ­tulo, una mujer en la que pudiese confiar y que comprendiera el significado de la lealtad. HabГ­a vivido demasiado tiempo en la oscuridad, habГ­a calibrado el significado de aquellos valores y sabГ­a que no tenГ­an precio. EscuchГі el bullicio callejero. HabГ­a concluido. Nadie se sentГ­a mГЎs agradecido que NГ©mesis porque hubiesen acabado las terribles pГ©rdidas que ocasionaba la guerra. Sin embargo, siempre lamentarГ­a que no hubiese tenido lugar su propia confrontaciГіn a muerte con el sanguinario AraГ±a.

CAPГЌTULO I

La puerta de la biblioteca se abriГі sin ruido, pero la ligera corriente de aire hizo vacilar la llama de la vela. Acurrucada en la sombra, en el extremo opuesto de la enorme habitaciГіn, Augusta Ballinger interrumpiГі su intento de abrir con una horquilla la cerradura del escritorio de su anfitriГіn y quedГі inmГіvil.

Arrodillada tras el macizo escritorio de roble, contemplГі horrorizada la vela, que constituГ­a la Гєnica fuente de luz. La llamita volviГі a titilar al cerrarse con suavidad la puerta. Con creciente pavor, Augusta espiГі por encima del escritorio y recorriГі con la mirada la habitaciГіn a oscuras.

El hombre que acababa de entrar permaneciГі quieto en la densa sombra, cerca de la puerta. Era alto y llevaba una bata negra. En la penumbra, la muchacha no podГ­a verle el rostro, pero aun asГ­ contuvo el aliento, sintiГ©ndose mГЎs viva que nunca.

SГіlo un hombre ejercГ­a semejante efecto sobre ella. No necesitГі verlo con claridad para adivinar quiГ©n se cernГ­a como un animal de presa allГ­, en la sombra. Estaba casi segura de que se trataba de Graystone.

Sin embargo, el hombre no recurriГі a la alarma, cosa que aliviГі sobremanera a Augusta. Era sorprendente que se sintiera tan cГіmodo en la oscuridad, como si fuese su ambiente natural. De pronto, a Augusta se le ocurriГі que quizГЎ no advirtiese nada fuera de lo ordinario. Tal vez bajara a buscar algГєn libro y supusiera que algГєn descuidado habrГ­a olvidado la vela.

Por un instante, incluso, Augusta se atreviГі a pensar que quizГЎ no la hubiese visto allГ­, agazapada al otro lado de la biblioteca. Si era prudente podГ­a salir del embrollo con la reputaciГіn intacta. EscondiГі la cabeza tras el mueble profusamente tallado.

No oyГі las pisadas, amortiguadas por la espesa alfombra persa, pero instantes despuГ©s, oyГі que la interpelaban a unos pocos pasos de distancia.

– Buenas noches, señorita Ballinger. Espero que haya encontrado algo edificante que leer bajo el escritorio de Enfield, pero debe de gozar de mala iluminación.

De inmediato, Augusta reconociГі la voz masculina de tono sereno, aterrador e imperturbable, y gimiГі para sus adentros al confirmarse su temor: era Graystone.

ВЎQuГ© mala suerte que, entre todos los invitados a la casa de campo de lord Enfield aquel fin de semana, fuese a descubrirla precisamente el amigo de su tГ­o! Harry Fleming, conde de Graystone, era el Гєnico que no darГ­a crГ©dito a las excusas que la muchacha habГ­a preparado con tanto cuidado.

Graystone inquietaba a Augusta por varias razones, una de las cuales era la desconcertante costumbre de mirar a los ojos como si escrutara el alma, exigiendo la verdad. Y otro rasgo que la perturbaba de aquel sujeto era su desmedida inteligencia.

Desesperada, rebuscГі entre las historias que habГ­a forjado en previsiГіn de semejante eventualidad. ForzГі una sonrisa radiante al tiempo que alzaba la mirada y fingГ­a un ligero sobresalto.

– Hola, milord. No esperaba encontrar a nadie en el estudio a estas horas. Buscaba una horquilla.

– Me parece que hay una en la cerradura del escritorio.

Augusta repitiГі el gesto de sorpresa y se puso en pie de un salto.

– Caramba, aquí está. Qué lugar más extraño. -Al sacarla de la cerradura y meterla en el bolsillo de su bata de algodón estampada, le temblaron los dedos-. Bajé a buscar algo para leer porque no podía dormir y perdí una horquilla.


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