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«Bajo Sospecha», Alex Kava

Иллюстрация к книге

¿Qué ocurre cuando un asesino en serie es condenado y ejecutado, y meses después comienzan a ocurrir asesinatos que siguen el mismo patrón? El sheriff Nick Morelli no estaba preparado para enfrentarse a un caso así, y pidió ayuda a Maggie O’Dell, la mejor agente de homicidios del FBI. En una carrera contrarreloj, Nick y Maggie tienen que enfrentarse a una horrible verdad: quizá un hombre había sido ejecutado por unos crímenes que no había cometido y andaba suelto un asesino que parecía la encarnación del mal…

Bajo sospecha es el primer libro de Alex Kava. Con Г©l se ha hecho un hueco entre los escritores actuales del gГ©nero de intriga. Con una maestrГ­a ejemplar va desgranando una inquietante historia de suspense y embarca a los protagonistas en una escalofriante lucha contra el mal.

 

TГ­tulo original: A Perfect Evil

Traducido por: RocГ­o Salamanca Garay

 

NOTA DEL AUTOR: Esto es una obra de ficciГіn; sin embargo, me gustarГ­a dirigir todo mi apoyo a aquellos padres que hayan perdido a un hijo en cualquier acto irracional de violencia

PrГіlogo

PrisiГіn estatal de Nebraska.

MiГ©rcoles, 17 de julio

 

– Perdóneme, padre, porque he pecado -la voz áspera y monótona de Ronald Jeffreys convertía la fórmula en un desplante más que en una confesión.

El padre Stephen Francis contemplaba, hipnotizado, las manos de JefГ­reys: nudillos gruesos, dedos carnosos y uГ±as mordidas hasta la piel. Con los dedos retorcГ­a, no, estrangulaba, el faldГіn de su camisa azul de presidiario. El anciano sacerdote imaginГі esos mismos dedos estrangulando al pequeГ±o Bobby Wilson.

– ¿Es así como se empieza?

La voz de JefГ­reys sobresaltГі al cura.

– Sí, sí -se apresuró a contestar. La Biblia de cuero se adhería a sus manos sudorosas, y el alzacuello lo apretaba demasiado. No había aire suficiente en aquella antesala de los condenados a muerte; las paredes de cemento gris los enclaustraban, y el único orificio era un ventanuco que sólo dejaba ver un trozo de noche. El olor penetrante de los pimientos verdes y la cebolla le estaba revolviendo el estómago. El padre Francis lanzó una mirada a los restos de la última cena de Jeffreys, trocitos de pizza y gotas pegajosas de refresco; una mosca revoloteaba sobre las migas de un pastel de queso.

– ¿Y ahora? -preguntó Jefrreys, a la espera de recibir instrucciones.

El padre Francis no podГ­a pensar sintiendo la mirada penetrante de Jeffreys ni oyendo al gentГ­o que se agolpaba a la entrada de la cГЎrcel, en el aparcamiento. Los coros cobraban fuerza con la proximidad de la medianoche y los efectos del alcohol. Era una celebraciГіn estrepitosa, una excusa morbosa para organizar un botellГіn.

– ¡A la silla, a la silla! -decían una y otra vez, como si fuera una nana o una tonada, melódica y contagiosa, nauseabunda y atemorizante. Jeffreys, sin embargo, parecía ajeno al sonido.

– No me acuerdo muy bien. ¿Qué viene ahora?

Sí, ¿qué venía ahora? El padre Francis tenía la mente en blanco. Hacía cincuenta años que escuchaba confesiones… y tenía la mente en blanco.

– Tus pecados -barbotó por fin-. Dime tus pecados.

En aquel momento, Jefrreys vaciló. Deshizo el dobladillo de la camisa y se enrolló el hilo en el dedo índice con tanta fuerza que la yema enrojeció. El sacerdote lanzó una mirada larga y furtiva al preso que estaba encogido en la silla. No era el mismo hombre de las fotografías borrosas de los periódicos ni de las imágenes de la televisión. Con la cabeza y la barba rapadas, Jeffreys parecía vulnerable, demasiado joven para sus veintiséis años. Había engordado en los seis años que llevaba en el corredor de la muerte, pero conservaba un aire pueril. De pronto, al padre Francis lo entristeció pensar que aquel rostro aniñado jamás conocería las arrugas… Hasta que Jeffreys alzó la vista y lo taladró con sus ojos azules y gélidos como agujas de cristal, afilados, vacíos y transparentes. Sí, aquéllos eran los ojos del mal. El cura parpadeó y bajó la cabeza.

– Cuéntame tus pecados -repitió, molesto porque le temblara la voz. No podía respirar. ¿Acaso Jefrreys había absorbido todo el oxígeno de la habitación? Carraspeó-. Los pecados de los que estés arrepentido.

Jeffreys se lo quedó mirando. Después, sin previo aviso, profirió una sonora carcajada. El padre Francis se sobresaltó, y Jefrreys se rió con más ganas. Se aferró a la Biblia con dedos trémulos mientras observaba las manos de Jefrreys. ¿Por qué habría insistido en que le quitaran las esposas? Ni siquiera Dios podía rescatar a los necios. Gotas de sudor resbalaban por su espalda. Pensó en huir, en salir de allí antes de que Jefrreys comprendiera que un último asesinato le saldría por el mismo precio… Hasta que recordó que la puerta estaba cerrada por fuera.


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