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«CrГіnica De Un Iniciado», Abelardo Castillo

Иллюстрация к книге

A Sylvia

Era como si el fantasma de un hombre que se hubiese ahorcado regresara al lugar de su suicidio, no por curiosidad morbosa sino por pura nostalgia de beber otra vez las copas que le dieron el valor de hacerlo, y para preguntarse, tal vez, cómo tuvo coraje…

…como si al entrar así en el pasado hubiera tropezado con un laberinto, sin un hilo para guiarlo, donde a cada paso amenazaba el Minotauro; un laberinto que a cada vuelta conducía infaliblemente a un precipicio en cuyo fondo estaba el abismo.

Malcolm Lowry,

Dark as the grave wherein my friend is laid

ArrancГі otra margarita, y desparramando los pГ©talos blancos continuГі:

– Ponga en fila a esos hombres con sus martillos, a las mujeres con sus cazuelas, a los presidiarios con sus herramientas, a los enfermos con sus camas, a los niños con sus cuadernos, haga una fila que pueda dar varias veces vuelta al planeta, imagínese usted recorriéndola, inspeccionándola; y llega al final de la fila preguntándose: ¿Se puede saber qué sentido tiene la vida?

Roberto Arlt, Los lanzallamas.

…rosa evadida de la muerte, flor sin otoño, espejo mío, cuya forma cabal y único nombre conoceré algún día, si, como espero, hay un día en que la sed del hombre da con el agua justa y el exacto manantial.

Leopoldo Marechal, AdГЎn Buenosayres

 

PRIMERA PARTE. MAPA DE LA CIUDAD

I

graciela, te llamabas. Hoy he vuelto a Córdoba; caminé solo por recovas amarillas, bajo las cúpulas y las arcadas y los tordos. Creí reconocer un campanario, algún hastial de piedra inscripto con letras rígidas, el arco colonial de una fachada, la sombra de un balcón sobre una tapia. Entré en bares y salí de bares, llovió, y una vez más me pregunté cómo eras. Llueve. Es trivial, lo sé, pero esta tarde caminé bajo la lluvia junto a los largos paredones de piedra donde asoman esos árboles de los que habló Santiago. Más antiguos que la ciudad. "Árboles", dijo, "que si los ves de pronto a medianoche no sabes si ponerte a rezar o a pegar saltos desnudo bajo la luna, callejones ciegos, chango, árboles en avenidas titánicas, antiguos como el miedo, y al final de los árboles un monasterio donde se ahorcó un jesuíta." Y ahora recuerdo el perfil aindiado de Santiago, su traje gris que se borraba contra los paredones, y es misteriosamente lo que mejor recuerdo de aquel hombre: su perfil y su silueta delgada, brumosa, bajo su traje gris un poco grande que le daba un aspecto vago, huidizo, como si anduviera siempre caminando contra el viento. Era riojano, tal vez. O jujeño. O a lo mejor ninguna de las dos cosas, pero a mí, no sé por qué, me gustó que fuese jujeño, del mismo modo que elegí tu risa: un matiz sombrío de tu risa, que si no existió debiera haber existido. Literatura, supongo. Las palabras que hacen tan fácil una lluvia, que se meten en la vida (en mi vida) y la desplazan, desalojan tu cuerpo real y tus ojos -pardos, raros, parecidos a los de otra mujer y tal vez por eso te dije que te quería, o te quise- ojos que en algún momento de esa primera noche me hicieron decir una idiotez, salpicados como eran de puntitos negros, de gata, eso fue lo que dije. Y vos te burlaste. "Es fatal", dijiste sonriendo: "Los gatos, las brujas." Tenías la voz oscura, alargada en un canturreo. Cierto, dije molesto, la originalidad. Me mirabas. Que la originalidad se la regalo a los que no tienen otra cosa. Dijiste que no era para tanto y dejaste de sonreír. Después no sé. Una de esas conversaciones caóticas y disparatadas que son como tanteos o como señales luminosas emitidas en la oscuridad por dos que se buscan, cuando uno ya siente que se orienta hacia el otro, que se aproxima al centro de la otra incógnita. Una especie de juego en que la carta mágica puede aparecer en cualquier momento. Hay que estar muy alerta. Una palabra aparentemente casual o un gesto imperceptible: pequeños datos que luego se utilizarán para insistir en esa dirección o para cambiar de rumbo. Como cuando las fogatas de San Pedro y San Pablo, pensé esa noche, o pienso ahora, como perseguir un rostro en esas romerías de pueblo en las que me deslumbraba una muchacha desconocida y la buscaba guiándome por su vestido o el de sus compañeras, por alguien que va delante o detrás de ella hasta que en cualquiera de las vueltas el orden se desbarata y la muchacha ya no aparece detrás de quien debió aparecer. Se habla del sexo o de los sueños. Se habla del comunismo o de Bob Dylan o de Dios. Cada uno teme exagerar la importancia de esas pálidas señales y las palabras se dejan caer ambiguamente, de modo que al primer dato adverso un gesto o una pequeña aclaración puedan cambiar por completo el significado de lo que acabamos de decir, aunque es preciso demostrar que se tienen ciertas convicciones, para que el otro, que acaso piensa lo contrario, no diga sin querer algo que pueda estropearlo todo. Estábamos sentados en el bar del teatro Arlequín. Cartelitos, en las paredes amarillas, informaban provincianamente que en París también había teatros así, con bares incómodos y sombríos metidos en plena sala. Pentesilea, leí; y pensé que eso explicaba muchas cosas. Viva la patria, pensé, somos chicos jugando a las visitas, a estar en París, a estrenar a Von Kleist. Un grupo de gente entró desde la calle. Entre ellos reconocí a Santiago. Lo acompañaban dos mujeres, de una voy a acordarme siempre: de la señorita Cavarozzi, parecida a los pájaros, un absurdo pájaro mal hecho de una especie un poco cómica, pero que no puede dejar de ser un pájaro, la pobre señorita Etelvina que quería llamarse Ethel y que ahora, abriendo y cerrando su manito, me saludaba desde lejos. Simulé no verla. El gesto se le congeló en un ademán vago, aturdido; se rió y se tocó la boca. La otra era una mujer extraña. Verónica. Liviana como una muchacha nórdica pero con el rastro caliente de la Puna de Atacama en la piel. Verónica Solbaken. Nórdico el pelo, pero con un fantasma mestizo y violento galopándole la sangre, el de Laureano Zamudio, vencedor de Lamadrid, general improvisado del Ejército Grande, el abuelo Laureano que una madrugada de hace ciento cuarenta años, parapetando con la espalda a su gringuita rubia de nombre escandinavo, aguantó, a puñaladas y carajos, a cincuenta montoneros de Estanislao López. "Cuando lo acorralaron en los pantanos del sur", me contaste, "dicen que le disparó a la mujer la última bala del trabuco…" En la cabeza, entre lo más tupido del pelo, pensé yo. "En el corazón", dijiste. Un amanecer colorado, despavorido, en un país de leyenda muerto y sepultado para siempre. Agregaste algo, no recuerdo qué. He olvidado tus palabras y tu cara, no la acaso inexistente música sombría de tu risa y el sonido de tu voz. Entonces pensé, alguien dentro de mí pensó: Graciela, te llamabas. Una idea anacrónica e imperiosa. Lo sentí de golpe o quizá lo dije y me miraste con asombro, y supe, ya en aquella mesa, que todo iba a terminar así, escrito. Lo supe como si me viera abrir la puerta de esta habitación. Pienso esta noche si no he vuelto a Córdoba buscando una excusa para olvidar del todo, si no estoy forzando con palabras esta lluvia, esta ciudad y esta pieza de hotel sólo para acabar de una vez con este sueño. Nunca supe quién eras. Graciela, te llamabas. Eras alta. Me acuerdo de tus manos. Es casi todo.

II

Que esta vitrina estГ© abierta y yo pueda meter la mano y robar ese libro, pensГ©, no tiene nada del otro mundo. Lo que no pensГ© es por quГ© se me ocurriГі que no tenГ­a nada del otro mundo. La soledad de la biblioteca, su convencional misterio de biblioteca en penumbras, se habГ­a vuelto vagamente amenazante. QuГ© hago acГЎ y dГіnde se habrГЎn metido esas momias, dos preguntas que me hice mientras esperaba. Esperar me enferma. Una mujer de bronce, sin brazos, mutilada por su autor a la altura de las rodillas, me miraba con sus Гіrbitas negras al pie de una escalera. Las estatuas de mujer son inquietantes: sus ojos de epilГ©pticas. Di la vuelta y me coloquГ© detrГЎs. Fue peor. Ahora no podГ­a apartar la vista de sus glГєteos de etГ­ope, formidables, un culo como para sentarse a meditar en Dios sobre la cumbre del Aconcagua. Menos mal que en seguida oГ­ pasos y voces y el lugar se llenГі de manos, apretoncitos, caras con sonrisas y toda clase de buenas costumbres. La seГ±orita Cavarozzi dijo: "CreГ­amos que ya no vendrГ­a a CГіrdoba" y agregГі que no me imaginaba asГ­, aunque, enigmГЎtica, no dijo cГіmo me imaginaba. Pensando vieja loca cara de pГЎjaro le preguntГ© si me quedaba tiempo de ir al hotel y pegarme un baГ±o. La seГ±orita Etelvina dijo que sГ­, me quedaba tiempo, dos horas hasta las nueve de la noche para andar por la ciudad o baГ±arme. Y se riГі, no sГ© de quГ©. TenГ­a un modo de reГ­rse, de caminar alrededor de uno, de mover las alitas, que daban ganas de tirarle alpiste. Definitivamente, esa mujer tenГ­a algo; quiero decir la escultura. VolvГ­ a examinarla con inquietud. ВїDГіnde habГ­a visto algo parecido?, Вїy por quГ© era importante? La vieja seГ±orita Cavarozzi, siguiendo a saltitos mi evoluciГіn alrededor de aquel esperpento, creyГі oportuno informarme acerca de su autor, especie de Rodin cordobГ©s, gran imaginaciГіn creadora. Me doy cuenta, dije yo. Ella me hablГі de solidez y equilibrio. Yo le preguntГ© si no le parecГ­a demasiado culona. La vieja seГ±orita me mirГі. Si no la han puesto demasiado cerca de la escalera, si ese macetГіn no le quita espacio. SaludГ© y me fui. En la puerta me crucГ© con Santiago. Santiago o algГєn otro que hacГ­a versos y que venГ­a del norte del paГ­s.

No sГ© muy bien quГ© hice durante esas dos horas, antes de verte por primera vez, Graciela. Me acuerdo de veredas muy angostas con olor a garrapiГ±adas y de una tempestad de pГЎjaros negros cayendo sobre los plГЎtanos y los robles azules de la Plaza San MartГ­n. Me acuerdo de una librerГ­a en la que estoy comprando el horГіscopo de Aries y John Barleycorn de Jack London. Al meterlos en el portafolio vi el otro libro. Un in-octavo encuadernado en rojo con una filigrana de oro en la tapa y, en uno de los tejuelos, un diminuto tridente entre llamitas del infierno. Muy bien, lo he robado de la biblioteca de la DirecciГіn de Cultura de CГіrdoba: la seГ±orita Etelvina Cavarozzi tendrГЎ que dar cuenta algГєn dГ­a de la ediciГіn facsimilar de Das Volksbuch von Doktor Faust (Frankfurt, 1587) y yo acabo de completar la documentaciГіn para el capГ­tulo central de este libro. En una farmacia comprГ© Benzedrina. La noche anterior no habГ­a dormido. Ni tampoco la otra. Y tal vez por eso la noche siguiente me dormirГ© con brutalidad abandonando mi cabeza sobre tu vientre y sin haber llegado a mirar nunca tu cuerpo larguГ­simo, desnudo esa noche y extendido infinitamente a mi lado; noche que entonces era maГ±ana y fue la Гєltima, con galerГ­as como socavones y puertas golpeГЎndose en la oscuridad y tu sabidurГ­a de murciГ©lago, tu nocturno magisterio de ir guiГЎndome exacta en la tiniebla de la quinta de VerГіnica, en el Cerro de las Rosas. Dos noches en vela, pensГ© mordiendo la Benzedrina. Cincuenta horas sin dormir, pensando. Millones de segundos lГєcidos. La famosa realidad, vista desde mi Benzedrina horriblemente amarga disolviГ©ndose entre la saliva, no era mГЎs que eso. Esa tensiГіn. Lo que uno entiende de lo que ve/ lo que pienso de las cosas mientras estoy despierto. El problema es no saber quГ© pensar de lo que veo. Si el mapa de la ciudad que me dieron en el hotel no miente, lo que ahora estoy viendo es la fachada del Seminario Mayor. Se lo pregunto al chico que me lustra los zapatos. Me dice que sГ­. Y esas mujeres furtivas, ВїquГ© son? Se deslizan junto a las paredes, como larvas: una de ellas lleva un vestido violeta ajustado como una vaina, con un cierre relГЎmpago desde el escote hasta las rodillas. "Ah, Г©sas son las putas", dice el chico. MГЎs veredas con graves iglesias coloniales y olor a garrapiГ±adas. SanterГ­as y quioscos chinos. Un cine donde alguien trepado a un andamio termina de pintar la palabra maГ±ana sobre un gran cartel. Hace un aГ±o en Marienbad. DespuГ©s oigo mi nombre y estoy en un lugar llamado el Paraninfo. Vi otras caras, apretГ© nuevas manos y comprendГ­ que habГ­an expirado vertiginosamente mis dos primeras horas en CГіrdoba. Y todo, desde antes del principio, ya era de una tristeza impura, Graciela, porque una historia de amor puede empezar en cualquier parte, pero algunos lugares son peores que otros. Y esto es un acto acadГ©mico, no un parque entre la ceniza del atardecer, esto es el paraninfo de una universidad no el boulevard de la barranca por las noches, el boulevard con su luna amarilla sobre los astilleros y enfrente el fulgor remoto de las islas, el estallido silencioso de las quemazones, esto es el acto de apertura de un debate sobre sabe Dios quГ©, en CГіrdoba, en la Argentina de los aГ±os sesenta. Viejas Rotary Club, profesores Suplemento Dominical, polГ­grafos BoletГ­n de la Academia, chicas Blowin in the wind, muchachos Todo el Poder a los Soviets, subgerentes Lunario Sentimental, chicas Hiroshima mon Amour, chicas El Miedo a la Libertad. BusquГ© un apoyo entre las caras y los objetos. En las paredes, cuadros de gorditos tonsurados y caballeros con mostacho. Imposible la grandeza de ideas mirГЎndolos. Tal vez, los tirantes del techo. Con un esfuerzo podГ­a reemplazarlos por los de la casa vieja de los abuelos, en los veranos de San Pedro. O los del Don Bosco. Colegio Wilfrid BarГіn de los Santos ГЃngeles. San Esteban yo. ProtomГЎrtir. Diez aГ±os, guardapolvo gris, de rodillas ante los cirios cuyo temblor infundГ­a coraje al brazo armado de Miguel pues yo vi mГЎs de una vez cГіmo sГ© modificaba el ГЎngulo terrible de su espada, cГіmo flameaba su divisa. ВїQuiГ©n como Dios? Me he puesto granos de maГ­z bajo las rodillas y te dedico mi agonГ­a Santa Madre Auxiliadora porque te he mirado como a mujer, envuelta en esa tГєnica. La ceГ±ida tГєnica celeste. Secreto de amor por el que irГ© al Infierno. Pero te amaba, yo, rival de Dios. Los tirantes del techo tampoco, esa gente va a pensar que tengo un aire en el pescuezo. Y en ese momento la vi.

– Quién es -pregunté en voz alta.

El acto de apertura, por lo visto, habГ­a comenzado hacГ­a un buen rato y el rector de la Universidad, de pie a mГ­ lado, acababa de nombrar a don JerГіnimo Luis de Cabrera, ilustre fundador de CГіrdoba. Se interrumpiГі y me mirГі. Con una sonrisa yo le di a entender que mi pregunta no se referГ­a al prГіcer y me zambullГ­ detrГЎs de un gran jarrГіn con flores y plantas que ornamentaba la mesa, buscando la oreja de la seГ±orita Cavarozzi. No la encontrГ©. Del otro lado de las flores estaba Santiago, el poeta jujeГ±o. NotГ© que tenГ­a una cara hermosa y patГ©tica. "Debemos parecer la Primavera de Botticelli", murmurГі, y creo que era la primera vez que hablГЎbamos, "te queda muy bien ese gladiolo en el ojo". La seГ±orita Cavarozzi, apareciendo detrГЎs de Santiago, tambiГ©n entre las flores, se llevГі el dedo a los labios, aunque ya era para siempre nuestra cГіmplice. "ВїQuГ© le pasa?", me dijo en un susurro. SeГ±alГ© con la cabeza hacia la primera fila y repetГ­ mi pregunta. Pero no me referГ­a a vos. Vos llegaste en ese mismo momento, y aГ±os mГЎs tarde yo reflexionarГ© muchas veces sobre esto. Porque no hay casualidades, ahijadito, me dirГЎ alguien en la quinta de VerГіnica la noche siguiente. Los anacronismos, las transposiciones de jugadas no existen. Hay un orden secreto: el demonio me lo dijo. Vistos desde la horqueta de la VГ­a LГЎctea ciertos encuentros y desencuentros, ciertas interpolaciones y hasta ciertas muertes, equivalen a sacrificar un peГіn en la apertura, perdonando la metГЎfora. Y cuando me lo dijo yo estaba sentado al pie de una escalera con una botella de whisky entre las piernas y afuera tronaba, pero antes habrГЎ este Paraninfo donde aГєn resuenan ecos de cantos gregorianos y este ridГ­culo congreso o seminario sobre la SimbГіlica del Mal o sobre la presencia o ausencia de algo en el arte contemporГЎneo o sobre la muerte de las ideologГ­as o sobre todo eso junto, tan tГ­pico de intelectuales argentinos, mientras fuera del Paraninfo la realidad arde por los cuatro costados y el mundo estГЎ a punto de reventar como un tomate podrido y, dentro del Paraninfo, yo acabo de preguntar quiГ©n es esa muchacha (no vos), esa muchacha de ojos alarmantes que me habГ­a hecho recordar algo, una estampa, en un libro, esa muchacha que ahora sГ­ sos vos, porque de pronto ya estabas allГ­, y las caras, los cuadros, los tirantes del techo, mis benzedrinas y hasta los gemidos y el crepitar del doliente mundo, todo se reorganizГі a tu alrededor y yo escuchГ© por primera vez tu nombre.

– Graciela Oribe.

El resto son voces e imágenes indistintas. El nítido recuerdo de un ladrido que llegó desde la calle, un relámpago amarillo que saltó sobre mí al abrirse una carpeta, el temor de que empezara a dolerme la cabeza, y como si la realidad se rearmara súbitamente desde otro centro, la presencia amenazadora de Bastían. Estaba ahí, en el otro extremo de la mesa, mirándome con el mentón apoyado en el revés de la mano. Recuerdo su cara fascinante y atormentada, sus gestos vagamente fetales, la fijeza irónica de sus ojos, y recuerdo que a partir de nuestra primera mirada me odió (y yo a él, sobre todo yo a él), como si me odiara desde mucho tiempo atrás. Pero tal vez esto sucederá al día siguiente, en el pabellón España, acaso esa misma noche, en cualquier otro lugar. Da lo mismo. La memoria impone un orden que excede las leyes del tiempo y su lógica. El atardecer en el puente de piedra, la muerte de Santiago, la mirada de Bastían, mi grotesca aventura en el alto recodo de la escalera desde donde se ve el cementerio de las Catalinas, la fiesta en el cerro, las Máquinas que Cantan, todo eso está ocurriendo ahora en una ciudad paralela a ésta, hecha de palabras, ciudad que también se llama Córdoba y en la que hay también un Paraninfo donde Bastián me está mirando como desde un espejo que me odiara. Por fin oí un estruendo, que resultó ser un aplauso, y nos pusimos de pie. Vi, casi a mi lado, a la muchacha que me había hecho recordar una estampa en un libro. En ese momento estuvo a punto de ocurrir algo, lo sé; pero una voz dijo "Inés", ella se dio vuelta y el dibujo que comenzaba a formarse se deshizo o se armó para siempre en otra figura. "Ahí la tiene", dijo a mi oído la señorita Cavarozzi. Miré hacia cualquier lado y ella me dio un tironcito de la manga. "Ahí", repitió. Te vi acercarte, lenta y sombría como un álamo. Tan hermosa que pensé caramba…

– Ya no llueve.

Rechonchos toneleros germГЎnicos, en las paredes, bebГ­an cerveza alegremente, tumbados bajo las pipas de los barriles. CervecerГ­a Wittemberg. Dos de la maГ±ana.


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